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Ánimo árido

Extraño los estrépitos

de tinieblas violentas

y flashes en el cielo,

la espera del ruido

la atmósfera expectante

y el viento causando gemidos

en las visagras cobardes

En especial la extraño a ella

la musa de lo verde

despertando olores,

la líquida catarsis

envolviéndolo todo,

la pureza gratuita

manando del cielo.

Me conformaría

-incluso-

con sus despojos en el suelo

para pasar descalzo y sentir

que no se fue para siempre.

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Sobre lluvias

Todo estaba  quieto.  Era como si la noche se sofocara con sus  propios gritos. Él deambuló  por la casa sobre sus pantuflas , con cierto sigilo,  como evitando despertar a las sombras.  No era eso, más bien veneraba ese instante de severa intimidad.

El viento chistaba desde una hendija de la ventana. Aquel sonido resabaló débilmente en el mutismo de la casa. Era la única señal de que en el mundo entero algo se movía, aunque sin dejarse ver.

Abrió la cama. Bajo esa vieja y cálida frazada recordó haber cambiado las sábanas. Un gran momento. Olían a suavizante y se demoró olfateándolas sumergido en ese pliegue del mundo.

Al rato volvió a asomarse, pero solo para pulsar el play del control remoto. Vió Lluvia, de Paula Hernández. Al aparecer Valeria Bertucelli en escena  intuyó que la experiencia valdría la pena. El relato es sencillo, cotidiano, verosímil, con el agua como testigo.

En ese marco se produce el encuentro,  la  pausa simultánea en las rutinas de  los dos personajes;  una experiencia efímera pero bellísima como cabría esperar de una trama tejida con los hilos de la lluvia.

Apagó la pantalla complacido por la historia. Solo faltó una tormenta feroz que se derrumbara contra las paredes de la habitación. Hoy también la esperó todo el día. Tampoco llegó. Hasta que por azar leyó esos versos de Neruda:

“…algo nos llama, todas las puertas se abren solas,

relata el agua un largo rumor a las ventanas,

crece el cielo hacia abajo tocando las raíces…”


Entonces  sí, pidió permiso -imaginariamente- a las obligaciones contraídas y no hizo esperar ni un instante a las sábanas.

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