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Hasta la poesía, siempre

Estimado don Mario: acabo de enterarme de su muerte. Ya sé que eran 88 años sobre la espalda; también seguí sus últimos desencuentros con la salud. No vaya a creer que es un reproche, pero justo un domingo a la tarde…usted sabe cómo son ya de por sí las tardes de domingo; esas horas  en las que  sobrevuela una atmósfera de melancolía tal que hasta las hojas de los árboles  caen más rápido y sin mayor gracia.

Además, uno no quiere aceptar que quede un poeta menos en este mundo. Por su mirada del mundo, por sus palabras, por la música de su poesía -y pese a sus errores-, recuerdo el final de su Quimera

ahora que los miedos son distintos

y la noche no asusta

y me sé fragil y eso me hace fuerte

sé yo / recuerdo / para darme vuelta

y enfrentar al fantasma de la nada


mientras, yo deseo que no lo encuentre la nada sino una belleza tal que por única vez lo deje sin palabras.

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Un día como hoy

La literatura está hecha para que la protesta humana sobreviva el destino de los naufragios individuales, me dijo y sorbió el café besando la taza de forma tal que casi se sonroja. La taza.

Yo me había sonrojado apenas nos vimos a través de la  ventana del bar. Entre esas aberturas antiguas, tras esos vidrios bicelados, su vestimenta colorida, sus facciones angulosas  y su piel pálida eran un retrato de Picasso caminando por Alta Córdoba. Sigue leyendo

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El banco vacío

Hay un alumno de 17 años que no irá al colegio mañana lunes. Ni nunca más.

Acaban de avisarme que Federico murió. No me lo encontraré de nuevo en la platea viendo a Belgrano, ni nos cruzaremos más en las galerías del colegio, donde me cerraba el paso mientras sonreía con esos ojos cargados de viveza callejera. No me volverá a asegurar que el análisis de La noche boca arriba -el cuento de Cortázar- lo hizo él solo.

Me sentaba a comenzar este blog y un llamado de teléfono le impuso este desahogo; el post original quedó en el borrador pero difícilmente salga.

Mientras escribo estas líneas, se acerca mi hija con un papel celofán en la mano. Me dice que esa es la muerte que busca cubrir a sus muñecas sin lograrlo: agrega que la muerte no mata a las personas; las persigue, pero no las alcanza. Según parece, uno se exiliaría en otro lugar. No dejaría de ser, sino de estar.

Tiene seis años mi hija, pero siento el impulso de aferrarme a ella y pedirle que me lo asegure.

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