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Perspectivas

Él estaba acostumbrado a observar casi todo desde abajo, en un ángulo que oscilaba entre los 35º y 80º.  Los complejos los había dejado en el portón de la escuela; aquellas relaciones también.

Sus días fluían mecidos por la certidumbre de poseer un plano favorable para contemplar de manera más completa todo aquello que le rodeaba.  Si bien la soledad se le había acercado para ya no dejarlo, él no se autocompadecía de ello.

Empezó a asumir esa ambivalente libertad como un designio más de los dioses; si a Ulises lo demoraron diez años lejos de su isla mientras su hijo crecía, con él no parecían haberse ensañado tanto.

En comparaciones de ese tipo trabajaba su mente mientras caminaba cada mañana hacia su trabajo. También ocurría al regresar. Solo se detenía al pasar debajo de aquella ventana y, al ver esas macetas como aferradas a la reja, a veces sonreía al imaginarlas trepando en busca de sus respectivas Julietas.

Otras veces palidecía al imaginarlas al borde de un suicidio inminente.

Pero siguió pasando día tras día,  mes tras mes creyendo verlo todo desde ese punto. Nunca supo que al observar esa ventana él también era observado. La apertura de ese ángulo entre los cristales y sus ojos le impedirían comprobar que ella lo esperaba puntualmente.

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Uno de los riesgos

Él sabía que a ella ese trabajo ni le rozaba el alma. Cuando la veía en esa oficina le ocurría lo mismo que experimentaba al observar un cuadro torcido: un vértigo en el estómago  lo conminaba a cambiar de escena.

Más disfrutaba, en cambio,  de esa distorsión de los sentidos que ella causaba sin proponérselo -y eso era fascinante también-  cada vez que se cruzaban en el edificio. Su presecia serena se imponía por sobre cualquier vértigo superficial.

Él quería apartarla del frío. Allí no podían valorar su otra belleza, su ternura, su lectura poética de todo lo existente. Entre esos papeles ella debía hacer cuentas, reparar en números, cifras. Y a ella la seducen las letras, lo indescifrable.

Saber que ella estaba del otro lado de esa puerta de madera, en los horarios indicados por el cartelito correspondiente, lo hacían pensar una y otra vez en los intentos de algunos por contener el viento entre una ventanita, la tierra en macetas , el fuego en un encendedor o el mar en un vaso.  Esos no son lugares para los elemetos  primordiales.

Tampoco ese  era un lugar para ella, quien se refugiaba disimuladamente entre otras páginas

…”cuando miro el reloj, y son las cinco, y soy una máquina que calcula intereses, o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas, o un oído que escucha cómo ladra el teléfono, o un tipo que hace números y les saca verdades”…

Con los retazos de los horarios que viven en los carteles ella juega a vestir sueños, escapando del tiempo que habita en los relojes de las oficinas.
Ahora, ella elige este tiempo y el paisaje recreado por la pluma del poeta…y esboza una sonrisa.

Tras esa noche abismal, pese a las secuelas del insomnio él tomó coraje:  se dirigió hacia la puerta, respiró profundo, empuñó el picaporte, penetró en el minimalismo de esa oficina y supo que ella había dejado  una poesía escrita en su telegrama de renuncia.

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