Archivo de la categoría: Narraciones propias

Uno de los riesgos

Él sabía que a ella ese trabajo ni le rozaba el alma. Cuando la veía en esa oficina le ocurría lo mismo que experimentaba al observar un cuadro torcido: un vértigo en el estómago  lo conminaba a cambiar de escena.

Más disfrutaba, en cambio,  de esa distorsión de los sentidos que ella causaba sin proponérselo -y eso era fascinante también-  cada vez que se cruzaban en el edificio. Su presecia serena se imponía por sobre cualquier vértigo superficial.

Él quería apartarla del frío. Allí no podían valorar su otra belleza, su ternura, su lectura poética de todo lo existente. Entre esos papeles ella debía hacer cuentas, reparar en números, cifras. Y a ella la seducen las letras, lo indescifrable.

Saber que ella estaba del otro lado de esa puerta de madera, en los horarios indicados por el cartelito correspondiente, lo hacían pensar una y otra vez en los intentos de algunos por contener el viento entre una ventanita, la tierra en macetas , el fuego en un encendedor o el mar en un vaso.  Esos no son lugares para los elemetos  primordiales.

Tampoco ese  era un lugar para ella, quien se refugiaba disimuladamente entre otras páginas

…”cuando miro el reloj, y son las cinco, y soy una máquina que calcula intereses, o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas, o un oído que escucha cómo ladra el teléfono, o un tipo que hace números y les saca verdades”…

Con los retazos de los horarios que viven en los carteles ella juega a vestir sueños, escapando del tiempo que habita en los relojes de las oficinas.
Ahora, ella elige este tiempo y el paisaje recreado por la pluma del poeta…y esboza una sonrisa.

Tras esa noche abismal, pese a las secuelas del insomnio él tomó coraje:  se dirigió hacia la puerta, respiró profundo, empuñó el picaporte, penetró en el minimalismo de esa oficina y supo que ella había dejado  una poesía escrita en su telegrama de renuncia.

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Dentro de ti, fuera de ti

Cuando llega el sueño, suena una melodía exótica; aires hindúes en sonidos y aromas que predisponen la mirada de forma especial. Habito una mezcla de hechizo y ensoñación. En este lugar, entre tiendas callejeras en algún rincón remoto del planeta, todo parece ser más que estar.
La melodía aletea entre las cabezas y puedo divisar la fuente: una niña con aire ausente la susurra como una letanía, sentada entre las telas e hilos de una tienda. Primero reconozco la canción. Sigue leyendo

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Nuestro vértice

Nuestro vérticeLa casa tiene un vértice de imantada atracción. Basta que abramos la puerta para que en el trayecto hacia él dejemos abandonadas todas las posesiones  en el pasillo. El primero en llegar gira el grifo; de allí nacerá el sagrado fluido,  con una tibieza que lamerá nuestros cuerpos al sumergirnos. Entonces sobrevendrá el estertor provocado por el contraste de temperaturas y deberemos realizar esa inmersión que matiza el ruido y la gravedad.

Así será hasta que algo ocurra y  una noche  solo se derrame al piso la mitad de agua acostumbrada.

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El código secreto

-No me digas eso Raymunda, que mes vas a hacer llorar…

y los fantasmas no lloran.

Qué te parió Almodóvar, me hiciste pasar demasiadas sensaciones por el cuerpo en noventa minutos, admití incrédulo aún en la butaca.

Caminé hasta la puerta del cineclub mientras se intensificaba en mí  la sensación de estar asomándome desde el interior de mi propio cuerpo; más precisamente desde el borde de mis ojos.

Al salir todo fue más leve: la gente y sus gestos, la puerta de vaivén, el susurro de la noche.

Emprendí mi caminata hacia la calle donde están enclavadas las paradas de los bondis que huyen del centro. Esa herida de asfalto por la cual, durante las jornadas laborales parecen circular todos los medios de movilidad  existen. Buscaba una señal; la del N5.

Esa noche, mientras caminaba calle abajo, un extraño silencio perduraba pese a que me adentraba cada vez más en esa jaula de carteles. Una calma inusual se derramaba sobre esa parte del centro de la ciudad  sin transmitir nada sobrenatural,  solo calma.

Calma.

Durante la espera, algunas conversaciones  boludas y los focos inquisidores de los vehículos atentaron contra la oscura armonía. Súbitamente, un fuerte viento comenzó a rozar todas las cosas; parecía liberado de un largo cautiverio.

Yo continúe asomándome desde una mirada distinta, como si el filtro de mi sensibilidad se hubiera quedado escondido entre la platea del cineclub, agazapado, esperando la repetición de la medianoche.

Cuando el colectivo se aproximó sin sutileza, ingresé con resignación.

A través de la ventanilla pasaban escenas inconexas de una profunda tristeza: largas cuadras de fachadas oscuras; una ventana cuadrada y pequeña entre rejas, iluminada en exceso desde adentro cual pantalla indiscreta en la que una señora mayor espera vender algo, a alguien… a la hora en que otros están ya en su casa cómodamente; una barriada pobre, más ventanas.

Entre las hendijas de sus persianas se escapan centelleos de un brillo uniforme, rítmico: televisores; el programa más visto. Destellos coordinados, sístoles y diástoles de ese vulgar corazón común de nuestras sociedades.

La rutina ya goteaba implacable. Yo promediaba mi viaje.

Boleto, por favor.

Se lo ofrecí sin levantar la cabeza y sin quitar mi brazo extendido a fin de concluir lo antes posible con ese trámite. Así fue.

Gracias, dejó caer con voz de ultratumba mientras siguió su camino.

Cuando me dispuse a guardar el boleto, advertí que la marca en tinta negra no era la tilde acostumbrada. Confundido, atiné a buscarlo con la mirada hacia el fondo del pasillo pero el sujeto ya no estaba. Mientras indagaba en mi memoria reciente el momento en el que pudo haberse detenido el colectivo, volví a mirar el boleto. En el margen izquierdo, el agente había trazado

ε =\infty

Debo admitir que el incidente despertó mi curiosidad. Acerca de la finalidad de tal codificación no se me ocurrió nada, pero me dispuse a descifrar su significado. Se me impuso como condición misteriosa hacerlo antes de bajar del colectivo. Desde el principio se me ocurrieron solo dos opciones: Sigue leyendo

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