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Neruda y la palabra

…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

Pablo Neruda. Confieso que he vivido,

Círculo de lectores, 1972, pp. 58-59.

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Pequeña resistencia

La belle captive (1967)

Aquella  mañana caminó hacia el museo saboreando el eco del café con leche. Si bien era muy temprano, al llegar pudo penetrar en el cálido ambiente.

Se paró frente al cuadro La belle captive, de Magritte.

De forma inmediata sintió un vínculo íntimo con la escena: una vez más experimentaba la sensación de asomarse  a la inmensidad a través de alguna manifestación artística; le había ocurrido de percibir en una tela, en una página o en una melodía lo que de otra forma quedaba sin ser revelado para la experiencia humana.

Sería pretencioso definir el tipo de comunicación que se estaba produciendo; la razón no alcanza a definir ciertas experiencias. Solo era evidente que el tiempo no imponía condiciones entre ellos. Esa quietud era impermeable  al movimiento en los pasillos y salas donde se multiplicaban  los roces entre suelas y alfombra.

Reafirmó que el disfrute ante ciertos paisajes depende de los telones del ánimo propio. Creyó sentir en las yemas de sus dedos el contraste entre los pliegues de la tela y la lisa superficie del cuadro. Admiró lo  luminoso y etéreo anteponerse a lo opaco y tangible.

Entonces lo distrajo un cavernoso gruñido desde los abismos de su estómago; el mediodía había llegado. Debía ir a trabajar. Otro día entre hamburguesas que debían salir en menos de dos minutos.

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