Archivo de la categoría: Literatura al rescate

Símbolos sueltos

Llama un amigo, invita a paticipar de su proyecto; confiadamente ofrece un espacio para que uno reflexione sobre aquello que más le interesa. Acepto.

Entonces los símbolos se acomodan el flequillo con saliva, sacuden las pantuflas y se disponen a visitar otros lugares y recordar las útlimas lecturas. Los dedos se mueven:

Reconozco que soy uno de esos lectores que muchas jornadas acuden a la cadencia del colectivo para arropar sus lecturas. Es más, podría defender a ultranza ese espacio frente a las apologías de la hamaca, una silla o la cama…ni qué hablar de leer en la playa, dejémonos de joder.

Pero hay que reconocer que…(leer la nota completa)

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Arte y tiempo

Poesía,

expía al tiempo

que sacude

florece

agrieta

desteje

la vida.

Poesía …

sacude

profundo

florece

humedades

agrieta

rutinas

desteje

imposturas:

fecunda los días,

y colorea

esos pestañeos

entre sombras

y luces.

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La terapia con Woody es más barata

Pura anarquía-Woody Allen

Nada mejor que salir a husmear anaqueles y canjear libros. Al menos si uno está solo y no desea quedarse en casa; ya se sabe que en ocasiones el silencio se hace demasiado real y termina por sacarte a los empujones.

-Hola, por estos cuatro: ¿cuánto tengo para el canje?

-Dejame ver, y… 55 pesos.

-Y bueh…de Daniel Moyano, ¿tiene algo?

-Mirá, justo lo estaba leyendo en esta antología que acabo de ingresar: está La espera.

-¿Y qué precio le va a poner?

-Y…25 pesos.

-Bien, lo llevo. Permiso, sigo buscando.

Empiezo por la “A” y  mi dedo confianzudo acaricia el lomo de este libro de relatos de Woody Allen.  La etiqueta marca$30. Rápidamente me decido.

Así recuerdo la tarde que traje a mi mesa de luz esta selección anárquica de relatos que tanto bien le  hace a mi anémico sentido del humor.

Y es que al pasar las páginas queda claro que a pesar de hipocondrías,  vidas pusilánimes o una muerte tan obstinada,  podemos asomarnos sin poses ni caretas a esos retazos de historias que reflejan y caricaturizan divagaciones  propias de nuestras laberínticas mentes.

De esta forma, el asiento de cualquier colectivo mugriento puede mutar rápidamente en diván sanador. Además,  a esta receta de espontaneidad y risa autocrítica -a diferencia de mi terapeuta-,  puedo posarla en la mesa de noche con facilidad.

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Un amoroso estertor del pasado

al-sur-de-la-frontera-al-oeste-del-sol

¿Y si nos encontráramos de repente con ese primer amor de la infancia? ¿Si ese encuentro se diera en un pliegue de nuestra vida de pareja actual, muy ordenadita y prometedora pero sin aquella cándida ilusión?

Quizá provoque una serie de temblores que alteran el estado de lo cotidiano y de ciertos fragmentos del pasado que son tan palpables como el presente.

Por momentos más incluso.

Al leer Al sur de la frontera, al oeste del sol (Tusquets, 272 p.), de Haruki Murakami (村上 春樹), se vive con avidez una experiencia más que verosímil, intensa y de gran emotividad frente a estas posibilidades.

Esta novela -regalo inconmensurable como cualquier experiencia que te regala historias  y sensaciones muy gozosas-,  narra con un ritmo atrapante las sensaciones de Hajime a medida que crece, mientras intenta encontrar sentido a lo que el mundo contemporáneo impone en cada etapa.

En ese marco irrumpe el reencuentro con Shimamoto, su primer amor. Aquella  relación juvenil, cómplice y cargada de sensualidad vuelve a presentarse en su vida derivando en unas páginas  finales memorables.

El primer amor, el deseo, la etapa universitaria, el vacío, las relaciones ocasionales, el amor, el erotismo, el matrimonio y la infidelidad se hacen presentes de formas que no pueden sernos desconocidas.

Lo comparto porque la literatura es eso: una red infinita en la que compartimos tramas que a su vez nos sostienen.

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Susurros

Brisa íntima,

piel alerta.

Grieta y límite

son surcados

por tus palabras

en pantuflas.

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Catarsis dominguera

“…ese magnífico vaivén entre la vigilia y el sueño, que por sí mismo ya es causa suficiente para que el hombre no lamente haber nacido”.

Milan Kundera

Los domingos uno ya anhela el desayuno y el diario aunque siga dormido. Enroscado entre las sábanas, reposando en esa cornisa que distingue entre el sopor y la vigilia,  la manteca derretida y la mermelada de durazno irrumpen en medio de cualquier aventura o conquista onírica.

En ese estado limítrofe  ya se envidia el olor de las tostadas del vecino: ese canalla incivil capaz de madrugar hasta el mismísimo domingo perturbando así los jugos gástricos de la cuadra. Que venga después a pedir el sacacorchos o dos limones…

Obligado a poner fin al deseo -y a la efímera culpa por ser tan dormilón- hoy me dispongo a desayunar al sol. A falta de diario de papel, continúo leyendo La inmortalidad, de Kundera.  Este checo cascarrabias (que prefiere un insulto a una solicitud de entrevista) me envuelve en su trama entre las desventuras de un matrimonio adulto, la ambigüedad de la imagen, Goethe, las formas de inmortalidad y el olvido.

Olvido…a esta altura de la mañana mucho parece haber quedado atrás. ¿Quién es? Sí, esperame. Ya te lo alcanzo. ¡Se ve  que circulará un buen Malbec hoy!

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